sábado, 16 de abril de 2011

Los Vicios Mios y los de Mis Funcionarios

Nunca he asumido poses de santurrón ni nada que se le parezca. Bastante aburridos, ambiguos y distantes me parecen los miembros de esa casta taciturna como para pretender sumarme a ellos. De hecho, mi cuenta de pecados debe estar bastante abultada. Ninguno creo haber cometido, sin embargo, cuyo fardo sea tan pesado que me haga desviar la mirada o cuya absolución no le esté autorizada a un sacerdote pueblerino, en el caso de que un día me dé por arrepentirme de alguno; ninguno tampoco, y de eso estoy seguro, tan grave o de peligro, que pueda implicar una sanción legal, al punto que si alguien me encarase mis desatinos, no tendría ningún reparo en admitirlos. De todos modos, aun sin pertenecer a esa estirpe de personajes diurnos e inmaculados, que a fuerza envoltorios mercadológicos o aristocráticos, logran cubrir "dignamente" sus desenfrenos e irreverencias, por lo menos hasta que el efecto del formol se desvanece y no logra ya contener la complicidad social que les servía de aliento; aun así, ¡cuánto comparto la repulsión que generan estos incumbentes de posiciones desatendidas que florean groseramente sus inmerecidas prebendas! Destacados personajes de temporada, petulantes, ya sean protagonistas o simples actores de reparto. Miembros de una nobleza de nuevo cuño o de tiempo en tiempo retocada. Dueños de millas acumuladas con cargo al erario del ministerio. Comensales de turno que desfilan orondos por las más destacadas pasarelas gastronómicas citadinas, con su ejército de nanas, guarda espaldas, flanqueadores y choferes. De selectas preferencias vinícolas repetidas, memorizadas por la sonoridad de sus marcas y la vistosidad de las etiquetas. De pasiones gourmet forjadas conforme los precios del menú. De conversaciones en cifras y frases altisonantes. Espectadores de Di Blasio y Clayderman como cumbres de la música. Que no se enteraron de Amstrong, de Charlie Parker, de Ray Charles, de Gillespie, de Esther Borja, de Jobim o de Vinicius, de Tavito Vásquez, ni de Patricia Pereyra, ni de otros tantos. Esos, que en defensa de las masas proletarias vociferaban a coro los versos de la nueva trova en el Aula Magna o en los patios de la UASD, en aquella época de entusiasmo ideológico en que todos compartíamos sentimientos vanguardistas, sin que contara el año de nuestras matrículas ni la ruta de la guagua de regreso. Época digna de mejor destino y de adeptos más enteros y coherentes. Personajes que abdicaron de sus ideales éticos y socialistas, para optar por la bonanza del parasitismo, bendecidos por la bondad caprichosa de un Estado “indolente y servil”, cuyo nacionalismo e integridad pregonaron defender en aquellas batallas filosóficas de un pasado al que reniegan para justificar su descarada e inmerecida opulencia. Veleidades de una política criolla, aupada en la miseria de los incautos, convertidos en irreflexivos lambones de sus propias desgracias. Que conste que no se trata tan solo de esta cosecha. En este conuco multicolor de reciclajes cotidianos, la única duda que me queda es la de no saber cuál es peor. Si los bellacos famosos o los menos reconocidos. En una u otra zafra, el discurso fue cautivador. La mayoría de ellos siempre tuvo la suficiente lucidez y fortaleza académica para sembrar esperanzas. Arrastrados por su carisma y crédulos como bobos, admitimos la cordura de sus pensamientos y la promesa ética de sus futuras actuaciones, aunque cada vez la realidad volviera a golpearnos la frente. Pero más doloroso resulta advertir que aquél capataz de cuya buena intención nunca dudamos, sea precisamente quien con su indiferencia, propicie y estimule los desmanes de esta sarta de turpenes insaciables. Ese ciudadano ejemplar, repleto de dotes morales e intelectuales, sumido ahora en la propia sombra de su egolatría, arropado por manchas ajenas y deslumbrado por las alabanzas de clubes en los que no antes sino ahora es asimilado a regañadientes, en tanto mantenga su cargo y los trate él, con más pleitesía de la que él merece de ellos. Quede claro que no se trata de censura al ascenso social por más arrítmico que aparente. Acaso hay alguien que en su verdadero fuero no se deje seducir por alguna forma de vanidad. Ahora, que simple hubiese sido para un líder de esas luces y virtudes, crecerse ante la historia y construir una sociedad donde el modelo de movilidad social lo fueran el mérito y las virtudes. Pero no! Con todo el daño social que ello implica, prefirió su propia y temporal idolatría y crear su particular prole de acólitos incondicionales sin pudor ni valía. Ya lo dije, no critico sus placeres, los comparto. Me encanta un buen vino, los aires de llantos y melodías desde las plateas, así como el cruce errante de fronteras. Adoro esos vicios. El asunto es que para yo comprarlos, también tengo que pagarlos. Igual ocurre con los servicios que el Estado a través de ellos debería garantizarme y que ellos tampoco pagan. Ciertamente que me queda esa satisfacción de autosuficiencia de que alardeamos los pendejos, cada vez que termino un párrafo con un: Hecho y Firmado en…o con un Bajo Reservas Magistrado… En ese momento puedo respirar profundo y pensar que podré renovar mis cuentas. Mas lo peor de todo es que así como pago las mías, las de esta caterva de funcionarios y las de sus vicios, también tengo yo que pagarlas…

2 comentarios:

  1. No tengo nada más que agregar sino manifestar mi reverente inclinación ante este retrato, por establecer una verdad sin desperdicio, con carácter axiomática, que no hay forma de controvertirlo. Pues,esos apologistas se han desdoblado como el plástico a cierta temperatura. Eso encarna este nuevo conjunto de ricos sin abolengo que con sus incoductas nos desgobiernan.

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  2. Profesor: tristemente esos son nuestros funcionarios públicos, salvo algunas excepciones. Vaya desastre del que nos toca ser testigos.
    Aplaudo la manera en que publica sus ideas, además de felicitarlo por el estilo tan gráfico de su narrativa. Luisa Alfaro

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